AUTOSABOTAJE EN LAS RELACIONES AMOROSAS

Foto artículo 27082014_Cómo superar una infidelidad

Si bien hoy, más que en ninguna época de la historia, la diversidad de estilos de vida es tendencia y facto en nuestra sociedad (incluida la estimulante vida de s1ngular, que prolifera sobre todo en las grandes urbes), la vida en pareja (en sus múltiples modalidades) sigue siendo anhelada por muchas personas.

Sin duda, el inconsciente y el subconsciente existen (no en vano Freud cambió con su descubrimiento la concepción de la constitución humana), y la actividad consciente y el impacto del contexto que nos define coexisten con ellos también. Toda esta entretejida estructura influye en la ambivalencia de tantas personas que externan expresiones como: “quiero y no quiero tener pareja”; “me gustaría encontrar un buen amor y al mismo tiempo me niego a perder algunas prerrogativas que he conquistado”; “estoy decidida a renunciar a ciertas cosas por amor, pero sólo a unas pocas…”; “anhelo una buena compañía amorosa, pero no estoy dispuesto(a) a poner en riesgo mi autonomía”. Y es que hemos de reconocer que las personas somos complejas y contradictorias, particularmente en el intrincado territorio del amor.

Son muchos los componentes que intervienen en la dificultad de encontrar, construir y sostener una vida de pareja plena. Este entramado de factores hacen que las decepciones amorosas, más que un simple autosabotaje, sea un tejido con diversos componentes personales, amorosos y sociales, difíciles de entrelazar.

           

Repasemos algunos:

 

Componente temperamental

 

Las personas, al nacer venimos con una carga genética que nos predispone hacia diversas vertientes. Una de ellas es la tendencia natural a la extroversión o a la introversión. Esta distinción (siguiendo a Susan Cain, escritora y conferencista estadounidense) señala aquellos rasgos de carácter que nos hacen requerir (para el propio crecimiento y bienestar) espacios más tranquilos y solitarios, o bien, situaciones de mayor convivencia y estimulación.

 

¿Infancia es destino?

 

La mirada recibida en los primeros años de la vida, si bien no determina nuestro futuro, sí condiciona nuestra manera de valorarnos. Así, alguien que fue permanentemente ignorado, incluso maltratado, se considerará poco merecedor de amor. Si bien las relaciones de pareja pueden ayudar a sanar las heridas tempranas y a transformar el rumbo de la propia vida, se requiere un trabajo personal para actualizar un autoconcepto construido sobre una autoestima baja, distinguir “de qué pie cojeamos” y aún así apropiarnos de la experiencia de ser valiosos y de merecer una buena compañía.

 

Lealtades invisibles

 

Nos guste o no, la historia compartida con nuestra familia genera un sentimiento de compromiso y unión. Es decir, los temas de nuestros antecesores y las injusticias cometidas dentro y fuera de la familia que nos presidió pueden tener un impacto inconsciente en nuestra propia vida: ¿enfermedades?, ¿depresiones?, ¿fracasos económicos?, ¿relaciones conflictivas?, y, por qué no, también la dificultad para encontrar pareja, para disfrutar de ella, incluso para dejarla ir. Por eso, podemos experimentar cierta culpa y temor si “traicionamos” a nuestra familia de origen con algún comportamiento que desafía la historia familiar.

 

Desencantos amorosos

 

Seguramente en nuestros amores pasados hubo momentos bellos, pero también situaciones lastimosas y ni qué decir de las relaciones francamente tóxicas que nos dejaron un mal sabor de boca, o bien, de los rompimientos beligerantes que echaron por la borda todos nuestros planes y rompieron nuestro corazón. Ante estas experiencias, es entendible el temor que puede generarnos una nueva relación y la posibilidad de sufrir de nuevo. No se puede borrar ni negar el dolor vivenciado, pero éste no tiene por qué convertirse en un obstáculo para volver a amar.

 

Desconocimiento personal

           

Es tarea de cualquier ser humano conocerse a sí mismo: sus competencias, deseos, necesidades, intereses y valores. Si nos diéramos a la tarea de conocernos mejor y construyéramos un “perfil” claro de lo que esperamos del otro, cotejaríamos si lo que ofrecemos es lo que pedimos y si estamos recibiendo lo que nosotros mismos queremos otorgar. La vida humana, en general, y las relaciones de pareja, en particular, son un intercambio, y cuando la balanza se desequilibra vienen los desencuentros y las frustraciones.

 

Creencias erróneas del amor

 

En contraposición con la idea del amor eterno, hoy podríamos pensar que “el amor es eterno mientras dura”. La idea de que “algún día no estaremos juntos”, ya sea por una separación o por la misma muerte, no es un augurio de fatalidad, sino una realidad ineludible. Asimismo, uno de los errores más comunes es, por ejemplo, esperar encontrar a nuestra “media naranja”; o bien, a un “salvador” que resuelva nuestras carencias, sean del índole que sean. Del mismo modo, creer que el verdadero amor todo lo puede y todo lo soporta, o bien, que quien realmente nos ame nos será incondicional, hace de nuestra búsqueda amorosa la espera de un ángel inexistente y no de un ser humano terrenal.

 

Priorizar la individualidad

 

¿Cómo conjugar el anhelo de compañía con la posibilidad de construir una vida individual? Hoy, más que nunca, surge con intensidad la pregunta: “¿qué soy y qué quiero para mí?”. La respuesta a este cuestionamiento existencial integra, además de la pasión amorosa, la pasión por la autonomía y por la autoafirmación.

 

Desacoples de género

 

Hoy como nunca vivimos la “guerra” de los sexos. Las mujeres están avanzando rápidamente en el tema de equidad y la mayoría de los hombres se encuentran desorientados. Buscamos relaciones igualitarias y, al mismo tiempo, nos cuesta trabajo romper los patrones ancestrales que esperan mujeres pasivas,  dóciles, muy emocionales y hogareñas, y hombres fuertes, protectores, proveedores, inquebrantables e infatigables.

           

¿Por qué actuamos así? Yo no creo en la adicción al dolor, a nadie nos gusta sufrir por sufrir. Si evitamos encontrar o sostener una vida de pareja tiene que ver más con la dificultad de desafiar algunos de los retos planteados en este artículo y en el temor de cuestionar creencias sobre el amor y las relaciones que nos han dado previamente seguridad. Aunque, por supuesto, cabe la posibilidad también de que tengamos la genuina necesidad de transitar un periodo de soledad, de placentera s1ngularidad, ¿por qué no?

 

Detrás de las conductas de sabotaje aparentemente irracionales hay motivos profundos que buscan que evitemos un dolor mayor o que satisfagamos una necesidad prioritaria. Tomar conciencia de la razón, sea cual sea, nos permitirá hacernos responsables de las elecciones tomadas y sacar de ellas el mejor provecho.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *